La Costa Amalfitana: el tramo de litoral más bello de Europa
Guía completa de la Costa Amalfitana: Positano, Amalfi, Ravello, el Sentiero degli Dei, gastronomía local y consejos prácticos para recorrerla sin prisas.

Hay una curva en la carretera SS163 — más o menos a la altura de Conca dei Marini — donde el Mediterráneo aparece de golpe entre dos montañas y el azul es tan intenso que parece pintado. En ese instante, con el coche a apenas treinta kilómetros por hora porque la carretera no permite más, entiendes por qué la Costa Amalfitana lleva siglos fascinando a todo el que pasa por aquí. No es solo un paisaje: es una declaración de intenciones de la naturaleza, que decidió comprimir en cincuenta kilómetros de costa todo lo que puede dar de sí. La UNESCO lo entendió en 1997, cuando inscribió estos acantilados, pueblos y terrazas de limoneros como Patrimonio de la Humanidad, reconociendo lo que viajeros, artistas y escritores ya sabían desde hacía generaciones: que este rincón de la región de Campania es un ejemplo excepcional de paisaje mediterráneo donde el ser humano ha convivido con una topografía dramática durante más de mil años.
La SS163: una carretera de vértigo y belleza
La strada statale 163 Amalfitana es al mismo tiempo la mayor atracción y el mayor desafío de la zona. Su historia comienza en 1807, cuando José Bonaparte, fascinado por la costa durante una visita, ordenó construir una vía que conectase estos pueblos aislados entre acantilados. Las obras se prolongaron durante casi cuarenta años y la carretera se inauguró finalmente el 12 de enero de 1853, uniendo Vietri sul Mare con Amalfi. Desde entonces, la SS163 serpentea a lo largo de poco más de cincuenta kilómetros entre paredes verticales de roca, con curvas cerradas que apenas dejan espacio para dos vehículos y que ofrecen, en cada recodo, vistas capaces de dejar sin aliento al conductor más curtido.
Conducirla es una experiencia que combina vértigo, belleza y la adrenalina de cruzarte con un autobús en un recodo sin visibilidad. Está considerada una de las carreteras panorámicas más espectaculares del mundo, algo que confirman las revistas de viajes y las listas de los mejores road trips de Europa que la incluyen invariablemente. El truco que conocen los locales: ir temprano. Antes de las nueve de la mañana la carretera es otra cosa — vacía, silenciosa, con la luz del amanecer dorando los acantilados. Después del mediodía se convierte en un atasco monumental, especialmente entre junio y septiembre.

Positano: el pueblo vertical
Positano es el pueblo que aparece en todas las fotos y que, por una vez, no decepciona en persona. Sus casas de colores pastel — rosas, terracota, amarillos, blancos — descienden en cascada por un acantilado hasta una playa de guijarros oscuros, creando una composición visual que parece diseñada por un escenógrafo con un sentido infalible de la armonía. Pero Positano tiene truco: todo son escaleras. Subir y bajar es la actividad principal, y lo que desde arriba parece un paseo de cinco minutos puede convertirse en veinte minutos de escalones bajo el sol de Campania.
A cambio, cada nivel revela una perspectiva diferente. En la parte baja, boutiques de moda playera y tiendas de sandalias hechas a medida — la moda positanesi es una tradición artesanal que se remonta a los años cincuenta, cuando Positano se convirtió en refugio de artistas y bohemios. En la zona media, callejones cubiertos de buganvillas donde el silencio solo lo rompe el eco de las conversaciones que bajan desde las terrazas. Y presidiendo todo, la iglesia de Santa Maria Assunta, reconocible por su cúpula de mayólica policromada en tonos verdes y amarillos, visible desde cualquier punto del pueblo y desde el mar. El mejor momento para disfrutar Positano: al atardecer, cuando las fachadas se tiñen de rosa y naranja, los restaurantes de la playa encienden las velas y la silueta de los islotes Li Galli se recorta contra un cielo que parece incendiado.
Amalfi: la república olvidada
Es fácil olvidar que Amalfi fue una de las cuatro grandes repúblicas marítimas de Italia, junto con Pisa, Génova y Venecia. En el siglo XI, cuando estas cuatro potencias dominaban el comercio del Mediterráneo, los navegantes amalfitanos llegaban hasta Bizancio y el norte de África. Su código marítimo — las Tablas Amalfitanas — reguló el comercio naval durante siglos y sentó las bases del derecho marítimo moderno. Hoy, de aquella gloria queda la catedral y la memoria, pero ambas son impresionantes.
El Duomo di Amalfi, dedicado a Sant'Andrea (San Andrés), es un delirio arquitectónico que mezcla estilos como quien mezcla especias en un mercado oriental. Fundado en el siglo IX y ampliado en el XIII por el cardenal Pietro Capuano, el templo ha ido acumulando capas: elementos árabes-normandos, góticos, renacentistas y barrocos conviven en una fachada policromada con una escalinata monumental de 57 peldaños que preside la plaza principal. Sus puertas de bronce fueron forjadas en Constantinopla en 1060 y donadas por el mercader Pantaleone de Comite. Bajo el altar mayor se conservan las reliquias del apóstol San Andrés, traídas desde Constantinopla en 1208 tras la Cuarta Cruzada. Y adosado al templo, el Claustro del Paraíso, construido entre 1266 y 1268, exhibe arcos entrelazados de clara influencia morisca que parecen sacados de la Alhambra.
Pero quizá lo más sorprendente de Amalfi no está en el pueblo sino arriba: el Valle dei Mulini, un barranco donde funcionaron los molinos de papel que convirtieron a Amalfi en uno de los primeros productores de papel de Europa durante la Edad Media. Las ruinas, cubiertas de vegetación tropical que ha reclamado las estructuras, parecen un set de película de aventuras, y el Museo della Carta documenta esta historia casi olvidada.

Ravello: el balcón del cielo
Ravello está a 350 metros sobre el mar y a un mundo de distancia del bullicio costero. Mientras Positano y Amalfi hierven de turistas, Ravello mantiene un silencio aristocrático que lleva siglos atrayendo a músicos, escritores y a todo el que necesite pensar con calma. Aquí no hay playa ni puerto: solo jardines suspendidos, palacios medievales y unas vistas que han inspirado algunas de las obras más célebres de la cultura europea.
La Villa Rufolo, con sus jardines colgados sobre el vacío, es el lugar donde Richard Wagner encontró la inspiración que llevaba buscando más de dos décadas. El compositor alemán visitó Ravello el 26 de mayo de 1880 y, al contemplar los jardines, escribió en el libro de huéspedes del Albergo Palumbo una frase que se ha convertido en leyenda: 'Il giardino magico di Klingsor è trovato' — 'El jardín mágico de Klingsor ha sido encontrado'. Se refería al segundo acto de Parsifal, su última ópera, cuya composición tenía estancada. Los jardines de Villa Rufolo desbloquearon su imaginación, y Parsifal se estrenó menos de dos años después, en 1882. Hoy, una placa de piedra en la villa conmemora aquel momento, y el Festival de Ravello, que se celebra cada verano desde 1953 en estos mismos jardines con el Mediterráneo de fondo, nació precisamente para honrar la conexión entre Wagner y este lugar.
La Villa Cimbrone, a pocos minutos a pie, ofrece otra experiencia igualmente memorable. Su Terrazza dell'Infinito es un mirador con bustos de mármol alineados sobre una balaustrada desde la que se ve toda la costa hasta Paestum y, en los días claros, la silueta de Capri flotando en el horizonte. El escritor estadounidense Gore Vidal, que vivió en la cercana villa La Rondinaia desde 1972 hasta 2004, la describió como la vista más hermosa que había visto en todos sus viajes. No exageraba.
Praiano: la alternativa tranquila
Entre Positano y Amalfi, a medio camino entre ambos, se esconde un pueblo que la mayoría de los turistas ve solo desde la ventanilla del autobús. Praiano es un antiguo pueblo pesquero de apenas dos mil habitantes que ha conseguido mantener su autenticidad mientras sus vecinos más famosos se transformaban en escenarios turísticos. Aquí no hay boutiques de lujo ni restaurantes con estrellas Michelin: hay redes de pesca secándose al sol, vecinos que se saludan por su nombre y unas puestas de sol sobre la bahía de Positano y la isla de Capri que se cuentan entre las más bellas de toda la costa.
Praiano funciona como base ideal para explorar la zona. Los autobuses SITA pasan con frecuencia en ambas direcciones, los alojamientos son notablemente más baratos que en Positano o Amalfi, y el ambiente es el de una Italia que todavía no ha sido empaquetada para el consumo turístico masivo. Además, desde Praiano sale uno de los accesos al Sentiero degli Dei, la ruta de senderismo más famosa de la costa.
El Sentiero degli Dei: caminar entre el cielo y el mar
El Sentiero degli Dei — el Sendero de los Dioses — es una ruta de senderismo de unos siete kilómetros que conecta Bomerano, una localidad del municipio de Agerola, con Nocelle, una aldea en las alturas de Positano. A más de seiscientos metros sobre el nivel del mar, el camino serpentea entre matorral mediterráneo perfumado de romero silvestre, terrazas de viñedos abandonadas y miradores naturales desde los que se ven los Faraglioni de Capri recortados contra el azul infinito del Tirreno.
La caminata dura entre tres y cuatro horas a paso tranquilo y no requiere experiencia técnica, aunque hay tramos sin protección sobre el acantilado que exigen precaución y buen calzado. La mejor época para hacerlo es en primavera — abril y mayo — o en otoño — septiembre y octubre —, cuando las temperaturas son agradables y la luz es perfecta para fotografía. En verano, el sol del mediodía castiga sin piedad y el sendero se llena de excursionistas. Para llegar al punto de inicio, se puede tomar el autobús SITA 5080 desde Amalfi hasta Bomerano; el trayecto dura unos cuarenta minutos.
Limoncello, anchoas y los sabores de la costa
La gastronomía de la Costa Amalfitana gira en torno a dos productos que crecen en sus acantilados y en sus aguas: el limón y la anchoa. El limón sfusato amalfitano es un fruto enorme, de piel gruesa y perfumadísima, que crece en terrazas escalonadas protegidas con redes de castaño contra el viento y el sol excesivo. De este limón nace el limoncello artesanal — no el licor industrial que se vende en aeropuertos, sino una versión donde la cáscara se macera en alcohol durante semanas y el resultado se sirve helado después de comer, con un sabor que es verano concentrado en un vaso.
Pero el limón permea toda la cocina local. Los scialatielli al limone — una pasta fresca, corta y gruesa inventada en los años sesenta por el chef Enrico Cosentino — se preparan con una masa que incluye leche en lugar de huevo, albahaca y parmesano, y se sirven habitualmente con frutos de mar de la costa: almejas, gambas, calamares. Y para cerrar una comida, la delizia al limone — un bizcocho empapado en limoncello, relleno de crema de limón y cubierto de una glasa cítrica — es el postre estrella de la región, creado por el maestro pastelero Carmine Marzuillo y convertido en menos de cuarenta años en el símbolo dulce de la Costa Amalfitana.
En el otro extremo del espectro está Cetara, un pueblo diminuto que mantiene viva una tradición pesquera milenaria. Su producto estrella es la colatura di alici, una salsa de anchoas fermentadas en barriles de castaño con sal de Trapani durante hasta tres años, heredera directa del garum romano. De hecho, el nombre del propio pueblo podría derivar de cetariae, las factorías de procesamiento de pescado que los romanos establecieron en esta costa. La colatura, un líquido ámbar de sabor intenso y umami profundo, obtuvo la Denominación de Origen Protegida en 2020 y es uno de los condimentos más codiciados de la cocina italiana — un secreto que casi nadie fuera de Campania conoce.

Pompeya y Herculano: la historia bajo las cenizas
Pocos destinos del mundo permiten combinar playa, montaña y arqueología de primer nivel en tan pocos kilómetros. Pompeya y Herculano, las dos ciudades sepultadas por la erupción del Vesubio en el 79 d.C., están a menos de una hora de la Costa Amalfitana y constituyen una excursión que puede realizarse en un día. Pompeya es la más extensa y famosa: una ciudad congelada en el tiempo donde se conservan calles, tiendas, termas, frescos y la huella de la vida cotidiana romana. Herculano, más pequeña pero mejor conservada, permite ver estructuras de madera, mosaicos y hasta rollos de papiro carbonizados que sobrevivieron a la catástrofe.
Para llegar desde la costa, el camino más práctico es tomar el autobús SITA hasta Sorrento y allí coger el tren Circumvesuviana, que tiene paradas en ambos yacimientos. La entrada a Pompeya cuesta 20 euros y la de Herculano 16 euros. Para Pompeya conviene reservar al menos tres horas; para Herculano, dos. Y un consejo: ir entre semana y temprano, porque las colas en temporada alta pueden ser brutales.
Cuándo ir y cómo moverse
La Costa Amalfitana tiene dos temporadas bien diferenciadas. La alta — de junio a septiembre — trae sol garantizado pero también multitudes, precios inflados y atascos épicos en la SS163. La recomendación para quien busque el equilibrio perfecto entre buen tiempo y tranquilidad: mayo-junio o septiembre-octubre. En mayo los limoneros están en flor y el perfume de azahar de limón es embriagador; en junio el mar ya está templado y los días son largos. Septiembre mantiene las temperaturas estivales con la mitad de turistas, y en octubre los precios bajan drásticamente mientras el Mediterráneo sigue invitando al baño.
El invierno no es mala opción si buscas soledad absoluta: muchos hoteles y restaurantes cierran, pero los que quedan abiertos son los auténticos, y caminar por la costa sin nadie más tiene un encanto difícil de superar.
Para moverse por la costa hay tres opciones principales. La primera son los autobuses SITA Sud, que recorren la SS163 conectando todos los pueblos desde Sorrento hasta Salerno. Un billete de 24 horas ilimitado cuesta 12 euros y permite subir y bajar a voluntad. La segunda opción son los ferris, que operan de marzo a noviembre conectando Salerno, Amalfi, Positano y Sorrento; son más caros que el autobús pero infinitamente más agradables, y ofrecen la perspectiva más espectacular de la costa desde el agua. La tercera es el coche propio, útil por la libertad que ofrece pero desaconsejable en temporada alta: el aparcamiento es una pesadilla, las plazas escasean y el estrés de conducir por la SS163 con tráfico puede arruinar el disfrute. También existen servicios de lanchas privadas que recorren la costa con paradas a voluntad, una opción de lujo que permite acceder a calas inaccesibles por tierra.
Para llegar a la Costa Amalfitana desde fuera de la región, la opción más común es el tren hasta Salerno — con trenes directos desde Roma en unas dos horas — y desde allí tomar el autobús o el ferri hasta Amalfi o Positano. También se puede llegar al aeropuerto de Nápoles-Capodichino y desde allí desplazarse en autobús o transfer privado hasta la costa, un trayecto de entre una hora y media y dos horas dependiendo del tráfico.
Si la Costa Amalfitana te ha conquistado, Nápoles es la puerta de entrada perfecta. En nuestra guía de fin de semana en Nápoles encontrarás cómo llegar a la costa desde la ciudad, itinerarios con mapas de Google Maps, restaurantes recomendados, información sobre ferrys y autobuses, además de todo lo que ofrece Nápoles — desde Pompeya hasta la mejor pizza del mundo.
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