Cinque Terre: cinco pueblos colgados sobre el Mediterráneo
Cinco pueblos de colores sobre acantilados, viñedos milenarios en terrazas de piedra y senderos sobre el Mediterráneo. Guía completa de Cinque Terre.

Hay lugares que parecen inventados por un director de cine con presupuesto ilimitado. Cinque Terre es uno de ellos, pero no hace falta CGI: casas de colores imposibles apiladas sobre acantilados que caen en vertical hacia un Mediterráneo de un azul tan profundo que parece digital. Viñedos que desafían toda lógica aferrados a terrazas de piedra construidas a mano durante más de mil años. Senderos que serpentean entre pueblos pesqueros donde el tiempo parece haberse detenido hace siglos. Y sin embargo, todo es real. Tan real que la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1997, y que cada año millones de viajeros descubren que las fotografías, por espectaculares que sean, no le hacen justicia.
Cinque Terre no es un pueblo. Son cinco: Monterosso al Mare, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore, desperdigados a lo largo de una franja de costa de apenas doce kilómetros en la Riviera Ligur, al noroeste de Italia. Cinco aldeas de pescadores que durante siglos fueron prácticamente inaccesibles por tierra, conectadas solo por senderos de montaña y por el mar. Esa condición de aislamiento es precisamente lo que las preservó. Mientras el resto de la costa italiana se llenaba de hormigón turístico, estos cinco pueblos permanecieron intactos, congelados en una estética que mezcla lo medieval con lo salvaje.
Un milenio de historia sobre los acantilados

La historia de Cinque Terre se remonta al menos al siglo XI, cuando los primeros pobladores empezaron a tallar las laderas para crear las terrazas agrícolas que hoy definen el paisaje. Antes de eso, la zona estaba habitada por ligures y luego por romanos, pero fueron las comunidades medievales quienes transformaron estos acantilados imposibles en tierra cultivable. Piedra a piedra, sin cemento ni argamasa, levantaron un sistema de muros de contención que se extiende a lo largo de aproximadamente 6.730 kilómetros. Para poner esa cifra en perspectiva: es más que la longitud de la Gran Muralla China. Un prodigio de ingeniería agrícola nacido de la pura necesidad de supervivencia.
Durante la Edad Media, los pueblos pertenecieron a la República de Génova, que los fortaleció con castillos y torres de vigilancia para defenderse de los piratas sarracenos que asolaban el Mediterráneo. Las torres que todavía se pueden ver en Vernazza y Monterosso son testigos directos de esa época. La economía giraba en torno a la pesca, el aceite de oliva y, sobre todo, el vino. Los viñedos en terrazas producían uvas Bosco, Albarola y Vermentino que daban lugar a vinos blancos secos y, en cantidades muy reducidas, al legendario Sciacchetrà.
El aislamiento se rompió parcialmente con la construcción de la línea de ferrocarril Génova-La Spezia a finales del siglo XIX, que perforó la montaña con túneles y conectó por primera vez los cinco pueblos con el mundo exterior de forma práctica. Pero el verdadero cambio llegó en las últimas décadas del siglo XX, cuando el turismo descubrió esta costa. En 1997, la UNESCO inscribió Portovenere, Cinque Terre y las islas de Palmaria, Tino y Tinetto como Patrimonio de la Humanidad, reconociendo el valor excepcional de este paisaje cultural modelado por el ser humano en un entorno natural extraordinariamente difícil. Dos años después, en 1999, se creó el Parque Nacional de Cinque Terre, el más pequeño de Italia pero también el más densamente poblado, con unos 4.000 habitantes repartidos entre los cinco pueblos.
Monterosso al Mare: la playa y la tradición
Monterosso es el pueblo más grande y el más occidental de los cinco. Es el único con una playa de verdad: una franja de arena dorada que en verano se llena de sombrillas multicolores. El pueblo se divide en dos zonas separadas por un túnel excavado en la roca: el casco antiguo, con su laberinto de callejuelas medievales, la iglesia de San Giovanni Battista del siglo XIV y una torre defensiva genovesa; y Fegina, la parte nueva, donde se concentran los hoteles y la vida playera. Monterosso es también la capital gastronómica de Cinque Terre: aquí las anchoas no son un simple aperitivo, son un monumento culinario. Las anchoas de Monterosso, conservadas en sal según una receta que no ha cambiado en siglos, tienen fama en toda Italia.
Vernazza: la postal perfecta
Si tuvieras que elegir una sola imagen para representar Cinque Terre, probablemente sería Vernazza. Su puerto natural, el único de los cinco pueblos, está rodeado de casas de colores que trepan por la ladera hasta la iglesia de Santa Margherita d'Antiochia, construida en el siglo XIV con su campanario que se alza como un faro sobre el Mediterráneo. En lo alto del pueblo, el Castillo Doria, una fortaleza genovesa del siglo XI, ofrece las mejores vistas panorámicas de toda la costa. Vernazza tiene algo que los otros pueblos no tienen: una piazza directamente sobre el agua, donde puedes sentarte a tomar un aperitivo con los pies casi tocando las olas. Es el tipo de lugar que te hace entender por qué los italianos inventaron el concepto de dolce far niente.
Corniglia: el pueblo rebelde

Corniglia es diferente. Es el único de los cinco pueblos que no tiene acceso directo al mar. Está encaramado a noventa metros de altura sobre un promontorio rodeado de viñedos en terraza, y para llegar desde la estación de tren hay que subir la Lardarina, una escalinata de 33 tramos y 382 peldaños que es toda una declaración de intenciones. Quien sube a Corniglia se lo ha ganado. El pueblo compensa el esfuerzo con una tranquilidad que los otros cuatro ya no siempre pueden ofrecer: menos turistas, callejuelas más auténticas y unas vistas que abarcan toda la costa desde Punta Mesco hasta la isla de Palmaria. Corniglia tiene orígenes romanos documentados: su nombre podría derivar de Cornelia, la gens romana propietaria de la zona, y se han encontrado restos de una villa romana en los alrededores.
Manarola: la fotografía hecha pueblo
Manarola compite con Vernazza por el título de pueblo más fotogénico, y la verdad es que la competición está reñida. Sus casas parecen crecer directamente de la roca, apiladas en un anfiteatro natural que al atardecer se tiñe de un naranja cálido que es probablemente la imagen más reproducida de toda la Riviera italiana. Manarola es también el corazón vinícola de Cinque Terre: los viñedos que rodean el pueblo producen las uvas que se utilizan para elaborar el Sciacchetrà, y aquí se encuentra la cooperativa agrícola más importante de la zona. El pueblo tiene un pequeño puerto pesquero con barcas varadas sobre una rampa de cemento y piedra, y una calle principal —Via Discovolo— que baja desde la iglesia de San Lorenzo hasta el agua pasando por trattorias donde el pesto se hace con mortero, como manda la tradición.
Riomaggiore: la puerta del este

Riomaggiore es el pueblo más oriental y, para muchos viajeros que llegan desde La Spezia, la primera toma de contacto con Cinque Terre. Su puerto diminuto, encajado entre dos acantilados rocosos, está lleno de barcas de pescadores de colores vivos que contrastan con el gris oscuro de la piedra. La Via Colombo, la calle principal, desciende desde la estación de tren hasta el agua pasando por tiendas, heladerías y trattorias que compiten por tu atención con aromas de focaccia recién horneada y albahaca fresca. El castillo de Riomaggiore, del siglo XIII, domina el pueblo desde lo alto y es uno de los mejores miradores para ver la puesta de sol sobre los otros cuatro pueblos alineados en la costa.
El Sentiero Azzurro y la Via dell'Amore
Cinque Terre se puede recorrer en tren, y de hecho los cinco pueblos están conectados por regionales que pasan cada veinte minutos aproximadamente. Pero hacerlo solo en tren es como ir a un concierto y quedarte en el vestíbulo. Los senderos costeros son el alma de este lugar. El Sentiero Azzurro, el Sendero Azul, es la ruta principal: unos doce kilómetros que conectan Riomaggiore con Monterosso pasando por los otros tres pueblos. Ha sido el camino de comunicación entre estas aldeas durante siglos, mucho antes de que existieran carreteras o trenes.
El tramo más famoso es la Via dell'Amore, el Camino del Amor, que une Riomaggiore con Manarola. Esta pasarela tallada en la roca se construyó en los años veinte y treinta del siglo XX, durante la excavación de los túneles ferroviarios entre ambos pueblos. Lo que empezó como un camino para almacenar explosivos lejos de las viviendas se convirtió rápidamente en el paseo más romántico de Italia: los jóvenes de Riomaggiore y Manarola, que antes tenían que trepar por acantilados con seiscientos escalones a cada lado, por fin podían encontrarse con facilidad. En 2012, un derrumbe cerró la Via dell'Amore, y no fue hasta agosto de 2024 cuando reabrió completamente tras una restauración de más de doce años. Hoy se puede recorrer con un suplemento de 10 euros por persona, y el aforo está limitado a 200 personas cada media hora para proteger el entorno.
La cocina ligur entre acantilados
Comer en Cinque Terre es una experiencia que va mucho más allá de alimentarse. La cocina de esta costa es ligur en estado puro: sencilla, basada en ingredientes de proximidad y con sabores que recuerdan que estás entre la montaña y el mar. El pesto genovés es omnipresente, y aquí se prepara como debe ser: con albahaca de la zona, piñones, ajo, parmesano, pecorino y aceite de oliva virgen, machacado en mortero de mármol. La focaccia, fina y crujiente, se come a cualquier hora del día. Las anchoas de Monterosso, conservadas en sal, son una delicatessen con siglos de tradición.
Cada pueblo tiene sus especialidades. En Vernazza, la torta de hierbas con verduras y queso fresco. En Corniglia, los pasteles de miel y limón. En Riomaggiore, los gattafin, unas empanadillas fritas rellenas de hierbas silvestres que son adictivas. Y para beber, el Sciacchetrà: un vino passito elaborado con uvas que se dejan secar durante más de setenta días en lugares ventilados antes de prensarlas. El resultado es un néctar dulce y dorado que ya elogiaban Petrarca y Boccaccio en el siglo XIV, y que hoy cuenta con denominación de origen controlada (DOC) desde 1973. Se produce en cantidades tan pequeñas que encontrarlo fuera de Cinque Terre es casi una proeza.
Cuándo ir y consejos prácticos
El verano, especialmente julio y agosto, es temporada alta absoluta. Los trenes van abarrotados, los senderos saturados y las callejuelas de Vernazza se convierten en una procesión lenta de turistas. Si puedes elegir, la mejor época es septiembre y octubre: las temperaturas siguen siendo agradables para caminar, la luz tiene esa cualidad dorada del otoño mediterráneo, el mar todavía está templado para bañarse, y la vendimia transforma los viñedos en un espectáculo de colores. La primavera, de abril a junio, también es excelente, con los senderos llenos de flores silvestres y sin las multitudes del verano.
La Cinque Terre Card es prácticamente imprescindible si piensas combinar senderismo y tren. La versión que incluye transporte ferroviario ilimitado entre La Spezia y Levanto, además del acceso a los senderos del Parque Nacional, cuesta entre 19,50 y 32,50 euros al día dependiendo de la temporada. Desde 2026, la entrada a la Via dell'Amore está incluida en la tarjeta, sin necesidad de comprar un suplemento aparte. Se puede adquirir en cualquier estación de tren de la zona o en la web del Parque Nacional.
Un consejo que pocos turistas siguen: madruga. Los pueblos a primera hora de la mañana, antes de que lleguen los trenes cargados de excursionistas, tienen una magia completamente diferente. Los pescadores vuelven con la captura del día, los panaderos sacan las primeras focaccias del horno, y las calles están vacías excepto por algún gato perezoso tumbado al sol. Ese es el Cinque Terre auténtico, el que existía antes de Instagram.
Un dato que pocos conocen: desde Riomaggiore se puede tomar un barco a Porto Venere, un pueblo que lleva el nombre de un antiguo templo dedicado a Venus. Allí, Lord Byron solía lanzarse al mar para nadar hasta la casa de su amigo Shelley, un trayecto de siete kilómetros por aguas abiertas que hoy parece una locura pero que en el siglo XIX era, simplemente, poesía.
Si Cinque Terre te ha convencido, en nuestra guía de fin de semana en Cinque Terre encontrarás itinerarios pueblo a pueblo con mapas de Google Maps, los mejores restaurantes de cada villa, horarios de trenes y barcos, y todos los detalles prácticos para no perderte nada. También disponible en English, Français, Deutsch, 中文 y Русский.
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