Montmartre: el pueblo bohemio en lo alto de París
Artistas callejeros, cabarés legendarios y una basílica blanca que domina la ciudad. Guía para descubrir Montmartre más allá de los tópicos.

Hay algo en Montmartre que no encaja con el resto de París. Quizá sea la pendiente de sus calles, que obliga a caminar despacio. Quizá sean las escaleras empinadas que sustituyen a las avenidas rectas del barón Haussmann. O quizá sea que este barrio, encaramado en la colina más alta de la ciudad a 130 metros sobre el Sena, fue durante siglos un pueblo independiente — no se incorporó a París hasta 1860 — y todavía conserva ese aire de aldea que se resiste a la metrópolis. Montmartre huele a crepes recién hechas, suena a acordeón y se ve pintado al óleo en mil cuadros que cuelgan de caballetes en la Place du Tertre. Es un cliché, sí, pero es un cliché que funciona porque debajo hay algo real: una historia de artistas, rebeldes y soñadores que convirtieron esta colina en el epicentro de la modernidad.
El Sacré-Cœur: la basílica que se blanquea con la lluvia
La basílica del Sacré-Cœur domina el horizonte parisino desde la cima de Montmartre como un merengue colosal. Su construcción comenzó en 1875, tras la derrota en la guerra franco-prusiana y la violencia de la Comuna de París, como un acto de expiación nacional — aunque muchos parisinos la consideraron entonces un insulto a la memoria de los communards fusilados en esa misma colina. Las obras duraron casi cuarenta años y la basílica no se consagró hasta 1919. Su estilo romano-bizantino, con esas cúpulas que recuerdan más a Estambul que a París, fue polémico desde el primer boceto. Pero lo más curioso del edificio es su material: la piedra travertina de Château-Landon, que tiene una propiedad única — al contacto con la lluvia, segrega calcita, de modo que la basílica se blanquea con cada aguacero en lugar de oscurecerse. Es un edificio que se limpia solo. Desde la explanada se despliega una de las mejores panorámicas de París, y si subes los 300 escalones hasta la cúpula, en días claros la vista alcanza cuarenta kilómetros en todas direcciones.

La Place du Tertre y el legado artístico
A doscientos metros del Sacré-Cœur, la Place du Tertre lleva siendo un mercado de arte al aire libre desde el siglo XVIII. Hoy, un máximo de 298 artistas autorizados por el ayuntamiento se turnan para pintar y vender sus obras en esta plaza diminuta, apenas 1.400 metros cuadrados donde los caballetes compiten con las terrazas de los cafés. Es fácil despreciarla como una trampa para turistas, pero la tradición es legítima: fue aquí, en las calles adyacentes, donde se fraguó buena parte del arte moderno. Van Gogh vivió en Montmartre entre 1886 y 1888, en un apartamento de la rue Lepic con su hermano Theo, y durante esos dos años pintó más de doscientos cuadros, descubrió los colores vivos que definirían su obra y se empapó del impresionismo que hervía en los cafés del barrio. Unos años después, Picasso se instaló en el Bateau-Lavoir, un desvencijado taller colectivo en la rue Ravignan donde en 1907 pintó Las señoritas de Aviñón, el cuadro que dinamitó las reglas de la pintura occidental y abrió la puerta al cubismo. Modigliani, Braque, Juan Gris, Toulouse-Lautrec — la lista de artistas que trabajaron en esta colina es un resumen del arte del siglo XX.
El Moulin Rouge y la cultura del cabaret
Al pie de la colina, en el bulevar de Clichy, un molino de viento rojo lleva girando desde 1889, el mismo año en que se inauguró la Torre Eiffel. El Moulin Rouge nació como un cabaret popular en el barrio de Pigalle, donde la burguesía parisina se mezclaba con artistas y prostitutas en un ambiente de libertad que escandalizaba a media Europa. Toulouse-Lautrec inmortalizó sus bailarinas de cancán en carteles que hoy son iconos del arte gráfico. El local ha sobrevivido a dos guerras mundiales, a la revolución del cine y a la competencia del entretenimiento digital, y sigue ofreciendo espectáculos de revista cada noche. Más allá del Moulin Rouge, Montmartre fue capital mundial del cabaret: el Chat Noir, inaugurado en 1881, fue el primer cabaret artístico de la historia, un lugar donde poetas, músicos y humoristas inventaron un formato de espectáculo que hoy sigue vivo en todo el mundo.

El Montmartre escondido: viñedos, talleres y cabarés secretos
El turismo masivo ha transformado las calles principales de Montmartre, pero basta alejarse cien metros de la Place du Tertre para encontrar otro barrio — más silencioso, más auténtico, más sorprendente. En la esquina de la rue des Saules con la rue Saint-Vincent se esconde el Clos Montmartre, uno de los últimos viñedos de París. Plantado en 1933 para evitar que el terreno se convirtiera en un bloque de pisos, este viñedo minúsculo produce unas 1.500 botellas al año de un vino que los parisinos describen con cariño como mediocre — pero cuya vendimia, cada octubre, se celebra con una fiesta popular que llena las calles de música y alegría. A pocos pasos está el Bateau-Lavoir, reconstruido tras un incendio en 1970 pero todavía habitado por artistas, y un poco más abajo, en la misma rue des Saules, el cabaret Au Lapin Agile. Activo desde la década de 1860, este diminuto local de paredes rosas fue el punto de encuentro de Picasso, Apollinaire y Utrillo, y aún hoy ofrece veladas de canciones y poesía francesa en un ambiente que apenas ha cambiado en un siglo. Se dice que Picasso pagó una cena con un cuadro que hoy valdría millones.
La ruta de los artistas
Montmartre fue la cuna del arte moderno, y sus fantasmas creativos siguen presentes. En el Bateau-Lavoir de la Place Émile Goudeau, Picasso pintó Las señoritas de Aviñón en una habitación sin calefacción. Van Gogh vivió con su hermano Theo en la Rue Lepic —el mismo edificio sigue allí, sin placa, discreto—. Toulouse-Lautrec inmortalizó los cabarés del barrio en carteles que hoy valen millones. Y el Espace Dalí, una galería dedicada al genio catalán, esconde más de 300 obras originales en un sótano junto a la Place du Tertre. El paseo de un punto a otro no lleva más de una hora, pero cruza ciento cincuenta años de revolución artística.
Comer en Montmartre: donde comen los locales
La trampa turística más común de Montmartre es sentarse en la Place du Tertre a pagar quince euros por una crêpe mediocre. Los locales comen en otra parte. La Rue Lepic es la calle gastronómica del barrio: mercado callejero por las mañanas, restaurantes auténticos todo el día. Le Consulat, con su fachada de postal, sirve cocina francesa honesta a precios razonables. Para los aventureros, Pink Mamma —a unos minutos cuesta abajo— es un restaurante italiano de cinco plantas que merece la cola. Y para el desayuno, cualquier boulangerie de la Rue des Abbesses supera a las cafeterías de Instagram del centro.
Consejos prácticos para visitar Montmartre
La mejor hora para subir a Montmartre es temprano por la mañana, antes de las nueve — las calles están vacías, la luz es suave y la Place du Tertre aún no ha desplegado los caballetes. El funicular de Montmartre, que funciona con un billete de metro normal, ahorra las escaleras de la rue Foyatier, pero si tienes buenas piernas, la subida a pie por esas mismas escaleras es una de las experiencias clásicas de París. La estación de metro más práctica es Abbesses (línea 12), que además tiene una de las entradas Art Nouveau más bonitas del sistema. Evita los restaurantes de la Place du Tertre — precios inflados, calidad dudosa — y busca las calles traseras: la rue Lepic, la rue Norvins y el mercado de la rue du Poteau ofrecen opciones mucho más auténticas. Un paseo completo por el barrio, sin prisas, lleva unas tres horas, y la recompensa es descubrir que Montmartre no es solo una postal bonita: es un trozo de historia viva donde cada esquina guarda la huella de alguien que cambió el mundo con un pincel, una canción o una idea.

Si Montmartre te ha despertado la curiosidad por París, en nuestra guía de 5 días por París encontrarás itinerarios día a día con mapas de Google Maps, restaurantes recomendados por barrio, horarios de apertura de museos y monumentos, información de transporte y consejos prácticos para exprimir cada jornada sin agobios.
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