Trastevere: el barrio más auténtico de Roma
Descubre el Trastevere, el barrio donde Roma sigue respirando como hace siglos entre callejuelas medievales, plazas con encanto y la mejor cocina romana.

Hay un momento concreto en el que entiendes el Trastevere. No es cuando cruzas el Ponte Sisto desde el centro de Roma, ni cuando ves la primera fachada ocre cubierta de hiedra. Es cuando te pierdes. Cuando el GPS deja de tener sentido entre calles que se estrechan sin aviso, y de repente aparece una placita con una fuente donde un grupo de vecinos charla como si el siglo XXI no hubiera llegado todavía.

El Trastevere —literalmente «al otro lado del Tíber»— fue durante siglos el barrio de los que no encajaban en la Roma oficial. Marineros, comerciantes extranjeros, artesanos y la comunidad judía más antigua de Europa vivieron aquí mucho antes de que se convirtiera en el rincón favorito de los viajeros con buen olfato. Y esa mezcla se nota: cada calle tiene personalidad propia, cada esquina esconde algo inesperado.
Santa Maria in Trastevere: donde empezó todo
La piazza di Santa Maria in Trastevere es el corazón del barrio, y su basílica tiene un dato que pocos conocen: fue probablemente el primer lugar de culto cristiano abierto al público en Roma, construida en el siglo III sobre el lugar donde, según la tradición, brotó un manantial de aceite el día del nacimiento de Cristo. Los mosaicos del ábside, del siglo XII, son de una belleza que deja sin palabras. Dorados, luminosos, con una delicadeza que contrasta con la vida bulliciosa que se desarrolla a pocos metros en la plaza.
Al atardecer, la fachada iluminada crea una atmósfera difícil de describir. Las mesas de los restaurantes que rodean la plaza se llenan, los músicos callejeros aparecen, y todo adquiere esa cualidad cinematográfica que ha convertido al Trastevere en escenario de decenas de películas.
Callejear sin mapa: el verdadero plan

Si hay un barrio en Roma donde perderse es mejor que seguir un itinerario, es este. La Via della Lungaretta te lleva desde el río hasta la piazza, pero lo mejor está en los callejones laterales: la Via della Scala con sus talleres de artesanos, la Via di San Francesco a Ripa con sus panaderías históricas, y las calles sin nombre que de repente se abren a un jardín escondido o un patio con ropa tendida entre los edificios.
El Trastevere tiene capas. La primera es la turística —inevitable en un barrio tan famoso— pero basta con alejarse dos manzanas de la piazza principal para encontrar la segunda: la del barrio que sigue funcionando como barrio. La señora que compra verduras en el mismo puesto que su madre, el bar donde el café cuesta un euro y nadie habla inglés, la ferretería que lleva abierta desde los años cincuenta.
Comer en el Trastevere: más allá de la carbonara
La cocina romana tiene cuatro platos sagrados —carbonara, cacio e pepe, amatriciana y gricia— y en el Trastevere se pueden probar todos en su versión más auténtica. Pero hay mucho más que eso. Los carciofi alla giudia (alcachofas fritas al estilo judío) son una herencia directa del vecino Ghetto que cruzó el río y se quedó. Los supplì, esas croquetas de arroz con mozzarella fundida en el centro, son el aperitivo perfecto antes de cualquier cena.

Un consejo que vale oro: evita cualquier restaurante donde alguien te aborde en la puerta con un menú plastificado. Los sitios buenos en el Trastevere se reconocen porque tienen cola, porque la carta está solo en italiano, o porque son tan pequeños que parecen el comedor de alguien. Restaurantes como Da Enzo al 29, con sus apenas diez mesas y su lista de espera eterna, demuestran que en Roma la mejor comida se sirve en los espacios más humildes.
El Gianicolo: el secreto mejor guardado
Subiendo desde el Trastevere por la Via Garibaldi se llega al Gianicolo (Janículo), la colina que ofrece la mejor panorámica de Roma. No es una de las siete colinas clásicas —queda fuera de las murallas servianas— pero tiene las mejores vistas. Al mediodía, un cañón dispara un salvo desde la Terrazza del Gianicolo, una tradición que se remonta a 1847 y que sigue sobresaltando a los turistas desprevenidos. Desde allí arriba, Roma se extiende como un mapa en relieve: las cúpulas, los tejados de terracota, las terrazas con buganvillas. Se entiende por qué le llaman la Ciudad Eterna.
El paseo de vuelta al barrio, bajando entre jardines y muros cubiertos de jazmín, es uno de esos momentos que no aparecen en las guías rápidas pero que se quedan grabados para siempre.
La Isola Tiberina y el Ghetto judío
Desde el Trastevere, cruzando el Ponte Cestio, se llega a la Isola Tiberina, la isla fluvial habitada más pequeña de Europa. Con forma de barco —los romanos esculpieron una proa en la piedra del extremo sur—, este islote ha sido lugar de curación desde la antigüedad: el templo de Esculapio se alzaba aquí, y hoy el hospital Fatebenefratelli ocupa el mismo solar desde el siglo XVI. En verano, la orilla se convierte en cine al aire libre y escenario de conciertos que los romanos adoran.
Al otro lado del puente, el antiguo Ghetto judío es uno de los barrios con más historia de Roma. La cocina judeo-romana que nació aquí —los carciofi alla giudia, la torta di ricotta— ha influido profundamente en lo que hoy se come en el Trastevere. El paseo de un barrio a otro, cruzando la isla, es uno de los recorridos más bellos y menos masificados de la ciudad.
Aperitivo y vida nocturna
La Piazza Trilussa, al pie del Ponte Sisto, es el punto de encuentro del aperitivo trasteverino. A partir de las siete, las escalinatas se llenan de gente con spritz en mano mientras el sol cae detrás del Gianicolo. Pero el verdadero secreto está en los bares de interior: el Bar San Calisto, donde el chocolate caliente es legendario y los precios no han cambiado en décadas, o las enotecas de Via della Scala donde una copa de Montepulciano cuesta lo mismo que un café en el centro turístico.
A diferencia de Testaccio o San Lorenzo, el Trastevere no es un barrio de discotecas sino de conversación. Las noches se pasan entre mesa y mesa, entre un vino y otro, con algún guitarrista callejero interpretando a De André. Es el tipo de noche que no se planifica pero se recuerda durante años.
Cuándo ir y cuándo no
El Trastevere tiene dos caras. De día es tranquilo, casi pueblerino, ideal para un paseo sin prisas y un almuerzo largo. De noche se transforma: los bares se llenan, la música sale de cada esquina y la energía es contagiosa. Los viernes y sábados por la noche pueden ser excesivos si buscas calma; los martes o miércoles son perfectos.
En cuanto a la época del año: septiembre y octubre son ideales. La luz de Roma en otoño tiene una calidad dorada que hace que todo parezca pintado por Caravaggio. El verano funciona si no te importa el calor —las noches al aire libre en el Trastevere compensan cualquier bochorno— pero agosto es el mes en que muchos locales cierran por vacaciones.
Si el Trastevere te ha despertado la curiosidad, en nuestra guía de 5 días por Roma encontrarás itinerarios día a día con mapas de Google Maps, restaurantes recomendados zona por zona —incluidos los mejores del Trastevere—, predicción meteorológica integrada y toda la información práctica que necesitas para moverte por la ciudad sin perderte nada.
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