Los templos de Kioto: donde Japón guarda su alma
Más de dos mil templos y santuarios en una sola ciudad. Guía para entender Kioto sin perderse entre tanta belleza.

Kioto tiene un problema que otras ciudades envidiarían: demasiada belleza. Con más de dos mil templos y santuarios repartidos entre montañas cubiertas de bambú y barrios donde el tiempo parece haberse detenido en el siglo XVII, es fácil caer en la trampa de intentar verlo todo. No funciona. Kioto no se visita con una lista de verificación en la mano; se absorbe lentamente, un jardín cada vez, un torii cada vez, hasta que algo cambia dentro de ti y empiezas a entender por qué los japoneses consideran esta ciudad el corazón espiritual de su país.
Kinkaku-ji: el oro que no envejece
El Pabellón Dorado es probablemente la imagen más reproducida de Japón después del monte Fuji, y sin embargo, verlo en persona sigue siendo una experiencia casi irreal. Las dos plantas superiores están completamente cubiertas de pan de oro — restaurado meticulosamente en 1987 con láminas cinco veces más gruesas que las originales — y su reflejo en el estanque Kyoko-chi crea una simetría tan perfecta que el cerebro tarda un segundo en decidir cuál es el edificio y cuál el reflejo. El templo original fue construido en 1397 como villa de retiro del shōgun Ashikaga Yoshimitsu, quien, según las crónicas, gobernaba el país desde aquí mientras oficialmente ya había abdicado. Fue destruido por un monje perturbado en 1950 — un suceso que Yukio Mishima inmortalizó en su novela El pabellón de oro — y reconstruido cinco años después.

Fushimi Inari: el camino de las diez mil puertas
Si hay un lugar en Kioto que obliga a recalibrar la noción de escala, es Fushimi Inari Taisha. El santuario dedicado al dios del arroz y la prosperidad se extiende por toda la montaña Inari, y el camino hasta la cima está marcado por más de diez mil torii de color bermellón donados por empresas y particulares a lo largo de los siglos. Caminar bajo esos túneles de puertas rojas es una experiencia hipnótica: la luz se filtra entre las columnas, el silencio del bosque absorbe el ruido de la ciudad, y de vez en cuando un pequeño santuario aparece entre la vegetación con ofrendas frescas de arroz y sake. La subida completa hasta la cima lleva unas dos horas, pero la recompensa es doble: el ejercicio y unas vistas de todo Kioto que muy pocos turistas llegan a ver, porque la mayoría se queda en los primeros trescientos metros.
Kiyomizu-dera: el templo sin un solo clavo
El Templo del Agua Pura se asoma desde una ladera boscosa como un barco varado sobre un mar de árboles. Su terraza principal, sostenida por 139 pilares de madera de zelkova ensamblados sin utilizar un solo clavo, ofrece una vista panorámica de Kioto que cambia radicalmente con las estaciones: verde intenso en verano, rojo fuego en otoño, blanco inmaculado cuando nieva. Hay una expresión japonesa, Kiyomizu no butai kara tobioriru — saltar desde la terraza de Kiyomizu —, que equivale a nuestro dar el salto. Durante el periodo Edo, 234 personas saltaron realmente; el 85% sobrevivió gracias a la densa vegetación de abajo, lo que los supersticiosos interpretaron como señal de que sus deseos se cumplirían.

Los jardines zen: el arte de la nada
Si los grandes templos de Kioto impresionan por su escala, los jardines zen lo hacen por su ausencia. El jardín de rocas del Ryōan-ji es el ejemplo supremo: quince piedras dispuestas sobre un rectángulo de grava blanca rastrillada, diseñado de tal manera que desde ningún punto de observación se pueden ver las quince a la vez. Nadie sabe con certeza qué significa — los monjes zen dirían que esa es precisamente la idea. El jardín se contempla en silencio, sentado en la galería de madera, y lo extraordinario es que después de diez minutos mirando piedras y grava, algo se aquieta en la mente. Es meditación sin instrucciones, el tipo de experiencia que Kioto ofrece con una generosidad que ninguna otra ciudad del mundo puede igualar.
Gion: donde el pasado camina por la calle
Al atardecer, las calles empedradas de Gion se convierten en un escenario de otro siglo. Las machiya — las casas tradicionales de madera con fachadas de listones — alinean calles iluminadas por farolillos de papel, y si tienes suerte, puedes cruzarte con una maiko camino de su cita nocturna: kimono impecable, maquillaje blanco, sandalias de madera repicando contra las piedras. Gion no es un parque temático; es un barrio vivo donde las ochaya (casas de té) siguen funcionando como hace doscientos años, donde las geishas mantienen un arte que exige años de entrenamiento y donde la línea entre pasado y presente se difumina de una forma que solo Japón consigue.

Arashiyama: bambú, puentes y monos
El bosque de bambú de Arashiyama es uno de esos lugares que las fotos no consiguen capturar. Los tallos se elevan veinte metros sobre tu cabeza filtrando la luz en un efecto casi submarino. El truco: ve antes de las siete de la mañana. A las nueve el camino está tan lleno que pierde toda su magia. Desde allí, el templo Tenryu-ji —con su jardín zen Patrimonio de la Humanidad— queda a cinco minutos, y el puente Togetsukyo sobre el río Katsura ofrece una de las estampas más icónicas de Japón, especialmente en otoño con los arces rojos de fondo.
Para los aventureros, el parque de monos de Iwatayama está colina arriba: veinte minutos de subida, pero las vistas de Kioto desde la cima —con macacos japoneses campando a sus anchas— compensan cada gota de sudor.
Etiqueta en los templos
Antes de entrar a cualquier templo, pasa por el temizu: la fuente de purificación donde te lavas primero la mano izquierda, luego la derecha, y te enjuagas la boca sin beber directamente del cazo. En los santuarios sintoístas, reverencia doble y dos palmadas; en los budistas, una sola reverencia sin palmadas. Descálzate siempre que veas zapatos en la entrada. No señales a las estatuas de Buda. Y si te atrae coleccionar goshuin —los sellos caligráficos que cada templo estampa en un cuadernillo—, compra el cuadernillo en el primer templo. Es uno de los souvenirs más auténticos de Japón.
Cuándo ir: la ciudad de las cuatro estaciones
Kioto es un destino para las cuatro estaciones, pero cada una ofrece algo radicalmente distinto. La primavera (finales de marzo a mediados de abril) trae el hanami, la contemplación de los cerezos en flor, y la ciudad entera se tiñe de rosa durante dos semanas mágicas. El otoño (noviembre) es igualmente espectacular: los arces japoneses se incendian en rojos, naranjas y amarillos que convierten cada templo en una obra de arte natural. El verano es caluroso y húmedo, pero tiene la ventaja de festivales como el Gion Matsuri en julio, una procesión de carrozas que lleva celebrándose más de mil años. Y el invierno, el secreto mejor guardado: los templos cubiertos de nieve, casi vacíos, con una quietud que amplifica todo.
Si los templos de Kioto te han dejado con ganas de más, en nuestra guía de fin de semana en Kioto encontrarás itinerarios optimizados con mapas de Google Maps para ver lo esencial sin agobios, restaurantes donde probar la cocina kaiseki, información de transporte, horarios de apertura de cada templo y consejos prácticos para moverte por la ciudad como un local.
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